SOLA
Beleiva
Se había quedado sola, el ruido del frigorífico, el
servicio que aún nuevo, por defecto de
fábrica botaba agua y provocaba un
sonido de riachuelo, las bocinas multiplicadas en el espacio, de los autos en
las calles adyacentes, sazonadas con huecos malolientes por las alcantarillas
heridas de las maquinarias que construían futuro, eso, no era compañía.
Todos esos ruidos le eran ajenos, ninguno podía
cobijarla, eran simplemente intrusos,
interferencia en sus pensamientos vacantes, ociosos. No se dio cuenta, porque
nunca había logrado desarrollar esa
capacidad; jamás intuyó quién venía ni
quién se iba antes de llenarse de soledad,
nunca percibió un aviso, una punzada, un estás dejando de creer y llenarse
de dudas como todos, no hubo el sonido sutil ni grave, que anunciara su metamorfosis,
Fue acumulando sin darse cuenta unas veces en el sentimiento, otras con la razón; las verdades que no enfrentaba, las ponía rotuladas
allá en lo más profundo de sus entretelas, sin darse cuenta, sin imaginarlo, las
iba acomodando, al principio se sentían
a gusto, espacio desmedido, fácil arribo, se colaban con facilidad, sin rasgar
aquellas carnes apretadas que conservaba con el propósito de permanecer joven,
las primeras veces eran pocas, pero con los días, fueron cada vez más, les franqueaba la entrada
por cualquiera de sus sentidos, -total ellos solo eran vías expeditas para
llegar a su destino-, siempre las tamizaba con otras alegrías, sorpresas y
ocupaciones.
Siguieron su constante arribo, ya no las escuchaba, ni
venían por el espacio virtual, las
adivinaba, si, con la emoción de sus conquistas se convirtió en
un ser traslucido; sus engaños, aparecían como brasas en su mirada, sus
palabras se convirtieron en; era fácil ver la diferencia, cambió de piel, se mostró
por dentro.
Esas verdades descubiertas seguían su curso hacía
dentro, dormidas soñaban parajes, momentos, no obedecían las llamadas del rencor, ni siquiera se asomaron a su sonrisa
de “aquí no pasa nada”, pero seguían llegando y un día el escondite se desbordó, se convirtió en mar
embravecido, torrentoso y se vieron
obligadas a salir; se tomaron su razón, su rostro, su piel y entonces,
sólo entonces desgranó todo su dolor.
Su pulcra apariencia se arrugó cual papel de china, los
besos dejaron de ser sedas, solo eran
piedras arrastradas por la corriente de ese río lleno de desechos de promesas
no cumplidas, el gigante se volvió un enano maloliente, desgarbado por el peso
de su moral; falso. Por primera vez
estrenó su vestido desaliñado de recuerdos, echó a andar el reloj del olvido,
Lo había borrado, ahora estaba sola.